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lunes, 21 de marzo de 2011

270. La dimensión política en Freud.

El rechazo de la política en nombre de la clínica psicoanalítica no parece ser para nada un asunto freudiano, y menos aun lacaniano. En Freud se encuentran una serie de textos que se pueden denominar «los escritos políticos de Sigmund Freud», que serían diferentes a los escritos técnicos, pero que hablan de una preocupación permanente en él sobre temas relacionados con la polis, la ciudad y lo social; no es para nada una preocupación moral la de Freud, sino que es su pensar que lo social es aquello en lo cual está sumergida la patología del sujeto. Así por ejemplo, su texto de Psicología de las masas y análisis del yo es un intento por integrar la psicología de las masas en el corazón de la experiencia analítica, en la medida en que Freud hace del par analista-analizante, una masa de dos. También está su texto de El malestar en la cultura, del cual se pueden extraer una serie de ideas que hablan de la incidencia política del psicoanálisis en la civilización.

En Freud la dimensión política siempre fue una inquietud, sobretodo porque la práctica misma del psicoanálisis tiene un carácter revolucionario, así pues, dice François Leguil (1998), el niño que es formado por el psicoanálisis puede después adoptar una posición subjetiva tal que ni es un sujeto opresivo, ni reaccionario; es decir, que el niño formado por el psicoanálisis será tan suficientemente revolucionario como para rechazar el campo de la reacción y de la opresión.

La dimensión política en Freud fue destacada por Lacan cuando dijo que nadie había gritado como él contra el acaparamiento del goce de aquellos que lo acumulaban sobre las espaldas de los demás. Freud rechazó enérgicamente la desigualdad que se presenta entre las personas que están del lado del goce y otras que están del lado de la necesidad. Esta es, pues, una fibra de justicia que se encuentra en Freud y que hace parte de su espíritu revolucionario, el cual ha permanecido desconocido hasta hoy. Freud, por ejemplo, estaba comprometido en un combate, un combate por la liberación sexual y contra la moral sexual. Este punto revela sin duda una posición política y revolucionaria en Freud: él denunció la opresión sexual de la civilización, la represión que la civilización impone a la pulsión sexual; él fue el primero en decir que una liberación sexual era deseable para luchar por la cura del sufrimiento humano. Este combate él lo ganó, por eso hoy se observa en todo el mundo una disminución de la represión sobre la vida sexual.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

209. El sujeto es siempre feliz... a nivel de la pulsión.

Freud ubica a la pulsión como el reverso del deseo cuando dice que el deseo nombra un estado de «insatisfacción» fundamental en el sujeto, en cambio, la pulsión nombra un estado de «satisfacción»; es decir que la pulsión siempre logra satisfacerse. “Así como podemos definir el deseo como algo siempre insatisfecho, (el) concepto de pulsión es de algo que siempre es satisfecho” (Miller, 1991, p. 53) Por esto Lacan va a decir en Televisión que «El sujeto es siempre feliz«. Esta idea es una subversión de la noción que se tiene corrientemente sobre la felicidad. Lo que Lacan dice aquí es que el sujeto es siempre feliz en el nivel de la pulsión, en tanto que ésta es siempre satisfecha, siempre se satisface.

La «satisfacción de la pulsión» es lo que Lacan formalizará como el objeto a en su versión de «plus de goce». Así pues, se puede definir a la pulsión como una demanda siempre satisfecha que produce un «plus de goce», en la medida en que hay un éxito constante en la satisfacción de la pulsión, por ejemplo, cuando bebe demasiado, le pega a la mujer que ama, abusa del cigarrillo, pelea con sus hermanos, come en exceso, etc., etc. Así pues, hay que distinguir entre dos tipos de querer, dos tipos de voluntad: el deseo y la pulsión. El deseo designa siempre una infelicidad, una insatisfacción. “El deseo es articulado a una falta, mientras que del lado de la pulsión hay felicidad. Una felicidad que no se conoce a sí misma, pero que es una felicidad” (Miller, 1997, p. 32.)

Resumiendo: la pulsión es algo que en el hombre siempre se satisface positivamente, pero esa manera de satisfacerse le hace mal al sujeto, le causa algún malestar o sufrimiento. El sujeto neurótico, por ejemplo, es aquel cuya pulsión se satisface en los síntomas. Es en este contexto que el analista aparece como aquel que se ofrece a recibir la demanda de felicidad, pero el analista ya sabe que la demanda, como dice Lacan en La ética del psicoanálisis, es demanda siempre de otra cosa. Ahora bien, los pacientes llegan con la aspiración de ser felices... ¡cuando ya lo son! Es una paradoja: Demandan felicidad cuando ya gozan de la felicidad que les brinda la satisfacción de la pulsión en el síntoma.

viernes, 5 de noviembre de 2010

193. La diferencia entre los sexos.

Es un hecho que la experiencia amorosa entre los hombres y las mujeres, en la mayoría de los casos es desastrosa, es decir, llena de desencuentros y fuente de sufrimiento para el sujeto. Las relaciones de pareja se asemejan entonces a una comedia, La comedia de los sexos, como el título de una obra de Ernest Hemingway. Miller (2002) dirá que la comedia de los sexos obedece a la diferencia que hay entre el ser y el tener, es decir, porque la mujer está del lado del ser, y el hombre del lado del tener.

Esta diferencia entre ser y tener se pone en juego en el momento en que un sujeto establece la diferencia sexual entre los hombres y las mujeres, lo cual sucede bien temprano en su infancia. Todo niño se enfrenta al encuentro con la diferencia sexual; el problema aquí es que sólo existe un significante para señalar dicha diferencia: el falo. Es decir que a nivel del inconsciente sólo hay un significante para establecer la diferencia sexual, y dicha diferencia se establece, o la establecen los niños, diciendo: los niños tiene pene, las niñas no lo tienen. Es un asunto de tener o no tener el falo, en la medida en que el falo necesariamente concierne a esa parte del cuerpo, a ese órgano del cuerpo, a ese apéndice del cuerpo que llamamos pene.

El pene es, definitivamente, un órgano que desempeña un papel fundamental en la relación entre los sexos. Es un órgano que, como lo indica Miller (2002), es suficientemente identificable como para poder indicar si lo hay o no lo hay en el cuerpo, sin necesidad de hacer una cirugía para saberlo. Si está presente, se lo ve o se lo toca, entonces a ese sujeto se lo inscribe en el conjunto de los hombres; si falta, si no se lo ve, si no está, entonces a ese sujeto se lo inscribe como mujer. En ocasiones hay dudas, por ejemplo, en los casos de hermafroditismo. Entonces se le hace al sujeto un examen cromosómico, el cual determinará, gracias al discurso de la ciencia, si él es hombre o si es mujer. Si tiene los cromosomas XX, será hembra, si tiene los cromosomas XY, será macho. Lo real del sexo es determinado aquí por un examen, pero ha sucedido que, un hermafrodita que se creía mujer, sale con los cromosomas XY, o viceversa. Miller se pregunta entonces. “¿De qué le sirve a alguien enterarse a los veinticinco años de que es un hombre cuando hasta ese momento se lo tomaba por una muchacha?” (pág. 152). Igual sucede con muchos sujetos XX que se sienten hombres, y muchos XY que se sienten mujeres, o quieren serlo. Es decir que ni lo biológico, ni los genes ni los genitales, determinan la posición sexual de un sujeto.

jueves, 4 de noviembre de 2010

192. El discurso de la ciencia y la forclusión del sujeto.

El saber de la ciencia es un saber formal, un saber escrito, un saber de lógica formal que implica un manejo de la escritura. El saber científico se expone todo en fórmulas, que además hacen posible su transmisión. Esta es la razón por la que es un saber universal; todos los químicos, los biólogos o los físicos del mundo hablan el mismo idioma: el idioma de las matemáticas, de las fórmulas matemáticas. La matemática es el lenguaje de la ciencia, un lenguaje que es lógico y formal, y que implica siempre una escritura. A su vez, el discurso científico se vuelve un discurso repetitivo; por todo el mundo se repiten las fórmulas de la ciencia.

Gracias al discurso de la ciencia, la verdad sobre la vida, la existencia y el ser, buscada durante siglos por la religión o la filosofía, queda reducida a la lógica formal como atributo del saber, es decir, sin dialectización. Esto es lo que distingue al discurso moderno, al discurso de la ciencia: Es un discurso matematizado y lógico, que reduce lo real a la escritura, produciendo una reducción, un vaciamiento de sentido, en la que también queda excluida la posición subjetiva del científico (Brousse, 2000). Sólo basta con sentarse a hablar con un neuropsicólogo sobre cualquier aspecto humano, y se podrán dar cuenta que la conversación termina o queda cerrada una vez que se llega a la causalidad fisiológica del comportamiento; es el rechazo de la dialéctica en nombre de la ciencia. Porque la ciencia lo dice, eso debe ser así.

Este saber-escritura del discurso de la ciencia, del cual dice Lacan que rechaza y excluye la dinámica de la verdad, es decir, que excluye la verdad como efecto de los enunciados del sujeto o como resultado del deseo del sujeto, ese rechazo radical de la subjetividad -a lo que el psicoanálisis llama forclusión del sujeto- como efecto del discurso de la ciencia, se opone el discurso del psicoanálisis. Y lo hace de una manera muy sencilla: no le da la palabra a los genes o al cerebro, ya que estos no hablan; se la da al sujeto, el único objeto examinado por la ciencia que se puede preguntar “¿qué o quién soy yo?”, “¿qué deseo?”, “¿soy hombre o soy mujer?”.

Los teóricos del cerebro-máquina pretenden, en la contemporaneidad, transformar a la ciencia en religión y considerar al hombre como un autómata, pero el psicoanálisis sabe que el sufrimiento psíquico del sujeto no se cura a punta de medicamentos y terapias adaptativas. La muerte, las pasiones, la sexualidad, la locura, el inconsciente, la relación con el otro, es lo que le da forma a la subjetividad, la cual excede ampliamente la constitución biológica.

viernes, 29 de octubre de 2010

189. Goce del síntoma y sentido gozado.

Con respecto al goce existe también un gozar del síntoma. Ese goce del síntoma Freud se lo encontró bajo la forma de la «reacción terapéutica negativa», en la que los pacientes insistían en conservar su sufrimiento; es algo que él también denominó «masoquismo primordial». Es decir que el síntoma, que le hace mal al sujeto y por lo tanto es contrario a su deseo, insiste; el sujeto se aferra a él por un placer, un extraño placer, desconocido para el mismo sujeto. Es justamente a esto a lo que Lacan llamó goce: a la satisfacción de la pulsión en el síntoma.

Gozar supone un cuerpo afectado por el inconsciente; es lo que implica la definición del goce como satisfacción de una pulsión. El goce es impensable por fuera de la estructura del lenguaje; sólo puede definirse a partir de un cuerpo afectado por dicha estructura. Es posible que nos preguntemos por el goce de los animales: ¿Dé qué goza un camarón? ¿De qué goza una ostra? Son preguntas sin respuesta, porque los animales no hablan.

Gozar del cuerpo es gozar del inconsciente, lo cual nos hace pensar que el síntoma es la forma particular como un sujeto goza del inconsciente. Entonces ¿qué hacer con el síntoma del sujeto? Si el síntoma es un modo de goce, el modo en que cada sujeto goza del inconsciente, ¿qué hacer con este goce? Supuestamente el síntoma es algo a descifrar por parte del analista, y en este punto se pone en juego la interpretación analítica; este trabajo de desciframiento del inconsciente conlleva, a su vez, un goce, un goce que Lacan llamó «el goce del sentido», es decir, que el sujeto goza de descifrar, de dar sentido a sus palabras. En última instancia, todos los sujetos gozamos de hablar; hay un goce implícito en los efectos de sentido, en darle sentido a las cosas: es lo que Lacan llamó el «sentido gozado».

viernes, 22 de octubre de 2010

185. Primeras formulaciones del concepto de «goce».

El uso que hace Freud del término goce se puede pesquisar en sus Tres ensayos de teoría sexual, cuando, a propósito de los sujetos homosexuales, dice que, debido a su aversión al objeto del sexo opuesto, no pueden obtener goce de las relaciones heterosexuales. Freud también lo emplea en su ensayo El chiste y su relación con lo inconsciente, donde habla de la posibilidad de goce que brinda el chiste cuando éste sorprende al nuevo oyente; aquí Freud utiliza el concepto de goce más como sinónimo de placer.

El goce también aparece ligado, aunque no se lo mencione explícitamente, a las actividades repetitivas de la pulsión sexual, como sucede, por ejemplo en el chupeteo del seno materno, una vez que se ha satisfecho la necesidad orgánica de alimento, es decir, el niño goza de chupar, lo que marca su entrada en el autoerotismo.

Las primeras formulaciones de Lacan sobre el concepto de goce datan de 1950, cuando elabora la distinción entre necesidad, demanda y deseo. La necesidad orgánica de alimento, expresada por el niño con su llanto, recibe una respuesta por parte del Otro, su madre, la cual le confiere un sentido a ese llamado. A partir de este momento, la respuesta que aporta la madre a la necesidad, instituye la existencia de una demanda, es decir, que la respuesta de la madre convierte el grito en llamado. A su vez, la satisfacción obtenida por la respuesta a la necesidad induce la repetición de esa primera experiencia de satisfacción. La necesidad se vuelve entonces demanda, sin que por ello pueda recuperarse el goce inicial, el de esa primera experiencia de satisfacción, de tal manera que una segunda experiencia nunca será igual a la primera. Aquí se esboza desde ya, la pérdida de goce que padece el sujeto por su ingreso en el mundo de la demanda, es decir, en lo simbólico.

Así pues, lo que se pone en juego en el goce no es de ningún modo reductible a algo de orden natural; se trata, por el contrario, del punto en el que el ser vivo se enlaza con el Otro del lenguaje. Lacan pasará a distinguir entre el placer y el goce; el goce es lo que se encuentra en el más allá del principio de placer, es decir, que se trata de algo que excede los límites del placer. Ir más allá del principio del placer, es un movimiento ligado a la búsqueda del goce perdido, lo cual será la causa del sufrimiento del sujeto.

Es justamente en 1920, en su texto Más allá del principio de placer, en el capítulo sobre la repetición, que Freud descubre que el sujeto apunta al goce en un esfuerzo de reencontrarlo, lo cual sólo puede manifestarse como «repetición» inconsciente; y si el sujeto repite esta búsqueda de goce, es porque dicho goce está radicalmente perdido.

viernes, 8 de octubre de 2010

172. En qué son diferentes el psicoanálisis y las psicoterapias III.

Las psicoterapias conciben la relación terapéutica como una relación dual, desconociendo la presencia, no de la palabra, sino de la palabra como tercero simbólico, ese lugar del Otro (con mayúscula) que determina al sujeto. La palabra en la técnica psicoanalítica opera de tal manera que en la sincronía de la palabra -un lapsus por ejemplo-, aparece la diacronía del sujeto, es decir, una palabra puede resumir toda su historia como sujeto, por eso es posible matematizar la función de la palabra en el psicoanálisis.

La psicoterapia le da la primacía a la palabra como narración diacrónica de la historia del trauma del sujeto, cuando lo que ocurre es que la historia del sujeto se escribe en la sincronía de la palabra -es decir, a todo lo que alude un lapsus-. Así pues, la intervención del terapéuta es sugestiva, mientras que la acción del psicoanalista tiene en cuenta la estructura de la palabra, no para hacer sugestión, sino desciframiento del síntoma, el cual, a su vez, está estructurado como un lenguaje: el síntoma habla.

En la psicoterapia se suele responder a la demanda del paciente, satisfaciéndolo, lo que coloca al terapéuta en posición de Amo, de aquel que sabe lo que el otro necesita en tanto que se conduce por su furor sanandi; lo que mueve al terapéuta es el deseo de sanar al paciente. El deseo del analista no es el deseo de curar; él se ha curado de ese deseo en su propio análisis. Digamos que el deseo del analista es conducir al sujeto al descubrimiento del inconsciente y se las vea con él, así como lo ha hecho él mismo en su propio análisis.

El psicoanálisis no está constituído a nivel de la terapéutica; cuando se busca lo específico del psicoanálisis a este nivel, lo que encuentra es una babel de opiniones. La práctica analítica es una práctica, en principio, de desciframiento; es por eso que ella se vincula con la función del lenguaje y de la palabra. Lacan define el análisis como la cura que se espera de un analista. Un analista es, a su vez, producto de su propio análisis. ¿De qué es producto un psicoterapéuta? Al parecer, aquel que no se somete a un análisis personal, se vuelve psicoterapéuta de orientación analítica -psicólogo dinámico-, producto del discurso universitario y del discurso del Amo; éstos creen saber cómo responder al sufrimiento del paciente, por eso Lacan dirá en su texto Posición del inconsciente que "una psicoterapia es una manipulación bien lograda" (1975).

lunes, 27 de septiembre de 2010

161. Sentimiento de culpa, felicidad y pulsión de muerte.

El superyó es en el sujeto, esa instancia psíquica que representa en él la autoridad de los padres, y que, una vez introyectada, le reclama cumplir con lo prescrito por esa autoridad, es decir, que hace del sujeto un acusado. Para que se hagan a una idea clara de lo que es el superyó, es lo que Freud encontró bajo la forma del sentimiento de culpa del sujeto, es decir, que la culpa es una de las manifestaciones del superyó.

Freud encuentra, por todos los lados, la función del sentimiento de culpa en el sujeto. En El malestar en la cultura él llega a decir que el sentimiento de culpa es el problema más importante del desarrollo de la humanidad; es decir, que el precio por el progreso cultural y social, lo ha pagado el sujeto con un «déficit de dicha provocado por la elevación del sentimiento de culpa». Una de las fuentes de malestar en la cultura es precisamente este sentimiento de culpa que, en la mayoría de los casos, permanece inconsciente para el sujeto, y sólo sale a la luz bajo la forma de una mortificación, una ansiedad o un descontento, cuando no, bajo la forma de una necesidad de castigo, que empuja al sujeto hacia lo peor. Ahora bien, que el sujeto se procure una autopunición nos hace saber que no existe ninguna razón para pensar que él quiera su propio bien. Este es probablemente el descubrimiento más importante del psicoanálisis: los seres humanos no buscan la felicidad como bien supremo, sino que lo que buscan, en muchos casos, es el sufrimiento, la infelicidad.

En el discurso corriente se dice que el ser humano tiene como meta en la vida, alcanzar la felicidad. Por un lado quiere la ausencia de dolor, y por otro, desea vivenciar un intenso placer. El psicoanálisis revela que el propósito de que el hombre sea dichoso en la vida no está contemplado dentro de los planes de la Creación. La felicidad es más bien una satisfacción repentina y episódica. El ser humano está estructurado de tal manera que sólo goza con intensidad del contraste, y muy poco de un estado de felicidad permanente. A su vez, se suele pensar que el ser humano tiende a buscar su propio bienestar y el de los demás. Pero el psicoanálisis verifica una y otra vez que lo malo no solo es lo perjudicial y dañino para un individuo, sino también lo que anhela y lo que en muchas ocasiones le brinda placer o satisfacción. Pero se trata de un placer muy extraño; se trata de una satisfacción que está del lado del malestar, de la maldad, y no del lado del bienestar. Ese empuje a lo peor, ese gusto que tienen las personas por el mal, y que el psicoanálisis denomina pulsión de muerte, es, probablemente -como dije hace un momento-, el descubrimiento más importante del psicoanálisis.

jueves, 16 de septiembre de 2010

151. El síntoma psíquico.

Los síntomas psicológicos, aquellos que le acarrean algún tipo de malestar y sufrimiento a los seres humanos, tienen un carácter radicalmente subjetivo, es decir, que dependen de la percepción que el sujeto se hace de sí mismo. Así pues, sentirse deprimido, comer mucho o muy poco, aburrirse los fines de semana, experimentar el desamor o ser homosexual, por ejemplo, pueden ser fuente de angustia y mortificación para un individuo, pero no para otros.

Por lo general, la mayoría de los seres humanos ven como «normales» muchas de las situaciones de las cuales se quejan; otros, en cambio, hacen de su queja -seguir con un esposo infiel, vivir con una mujer malgeniada, que las cosas salgan siempre mal en el trabajo, emparejarse una y otra vez con hombres casados, ser agresivo con los hijos, ser tímido o poco inteligente, etc., etc.- el motivo para una consulta psicológica.

El síntoma psíquico adopta, en el mundo contemporáneo, nuevas formas. La angustia, por ejemplo, ha adquirido aspectos casi epidémicos en la depresión, la anorexia y la bulimia, síntomas éstos que tienen hoy una incidencia creciente, al igual que las toxicomanías.

El estudio del padecimiento psíquico ha permitido demostrar que los síntomas no son simplemente un trastorno o una disfunción. Dicho estudio enseña que los síntomas psíquicos tienen una causa, ignorada por quien los padece, es decir, una causa inconsciente. Y además que los síntomas psíquicos perduran no solo porque tienen un sentido oculto, sino porque dicho sentido conlleva una satisfacción, también inconsciente, que se vive conscientemente como displacer, como sufrimiento.

Esto último es probablemente lo que hace el escándalo del síntoma psíquico: que a pesar de acarrearle un sufrimiento al sujeto que lo padece, que lo sufre, también le procura una satisfacción, una extraña satisfacción en el malestar -lo que el psicoanálisis lacaniano denomina «goce»-. Por esto se puede decir que hay sujetos a los que les «gusta» quejarse de las cosas que los mortifican, o que hay sujetos «masoquistas»: aquellos que no hacen nada para cambiar la situación de la que se quejan. Y pasan los días, los meses y los años quejándose de la situación que les produce sufrimiento, pero no hacen nada para cambiarla ni entienden por qué siguen en ella.

martes, 14 de septiembre de 2010

150. Palabra y escucha en el tratamiento del malestar.

Angustia y depresión, dos afectos con los que recibimos el siglo XXI. Ellos se vinculan con la expectativa hacia el futuro, las relaciones de pareja, la sobrevivencia, el éxito, la enfermedad, la vejez, la soledad, etc. El sujeto contemporáneo parece condenado al sufrimiento interior, a la vez que cierta racionalidad tecnológica se ha dedicado a la venta de una ideología según la cual las personas no sufren, sino que padecen de una alteración en su funcionamiento, imponiendo la oferta de artificios que supuestamente servirían para restablecer la normalidad.

«Hay que ponerse a funcionar» es el mandato que subyace a esta ideología, mientras que en el imaginario colectivo proliferan creencias de naturaleza religiosa acerca de drogas paradisíacas que salvan de la diaria desazón. El mandato también reza: «Hay que ganar tiempo», dejando a un lado el ejercicio del pensar, de hacer preguntas fundamentales sobre nuestro ser y nuestra existencia.

¿Cómo librarse de estos imperativos y ponerle freno a estas demandas fijadas por la sociedad de consumo? Habría que darle cabida a la palabra y a la escucha; que los sujetos puedan cuestionar su posición como seres humanos y elaboren así una salida a su malestar. Se requiere también de un diálogo permanente con los saberes y las prácticas a las que todo esto atañe: los profesionales vinculados a la salud, los cuales viven diariamente el conflicto que se presenta entre ayudar al paciente en su padecimiento o encasillarlo en síndromes y tratamientos prefabricados, cuya ineficacia, cada vez más patente, pone al desnudo su artificiosa legitimidad.

Se necesita, entonces, de profesionales que no se conformen con recetar un medicamento ante la angustia y el dolor del paciente; antes de apresurarse a responder a la demanda del paciente, escuchar lo que le pasa, por qué le pasa, y cuál su responsabilidad en lo que le ocurre. Es una salida por la palabra. Escuchar al otro abre el camino al tratamiento del malestar que le produce a los seres humanos su vida cotidiana.

viernes, 10 de septiembre de 2010

148. Peligros del hombre y la cultura.

La humanidad ha dado comienzo al siglo XXI. El siglo anterior a este contribuyó a que el ser humano disfrutara de la comodidad de la tecnología y los avances de la ciencia, pero son también cien años donde surgieron nuevas formas de sufrimiento para el hombre. Paradójicamente, el malestar del hombre moderno es causado por las mismas formas de organización social que la humanidad ha establecido para sí y por los exigentes modos de vida que la cultura ha producido.

El siglo pasado le ofreció a la humanidad una serie de maravillosos inventos que han sido decisivos en su vida diaria, inventos que han mejorado su vida pero que también sirven para destruirla. Es seguro que en el ser humano existe un elemento, que hace parte de su estructura psíquica, y que lo lleva no solamente a crear cosas maravillosas, sino también las más sofisticadas armas para el aniquilamiento de otros seres humanos. Esta contradicción es la que lleva a preguntar: ¿qué es lo verdaderamente novedoso que la modernidad aporta a la cultura? ¿Por qué llamar «progreso» a las formas de vida contemporánea, donde es evidente que el malestar del sujeto es una respuesta a exigencias que le impone la cultura por él creada? Los peligros para la propia humanidad y sus malestares en el presente siglo no parecen ser distintos a los proporcionados por el siglo pasado, y aún pueden exacerbarse todavía más, debido, sobretodo, a un peligro que recién se empieza a dilucidar.

Así pues, los riesgos para la humanidad no solamente están del lado del mismo hombre, sino también del lado de la cultura. Hay en ella un peligro que conlleva un peligro mayor que el riesgo que entrañan sus impulsos destructivos; es un peligro que se constituye en el mayor obstáculo para el progreso de la cultura. Se denomina «miseria psicológica de las masas», y se hizo evidente en el siglo XX desde el momento en que los dirigentes del mundo empezaron a resultar impotentes frente a la tarea de dirigir y congregar a las masas, dejando reposar su cohesión en las relaciones de los semejantes entre sí -como sucede, por ejemplo, con el fenómeno de las "barras bravas" del fútbol-.

sábado, 4 de septiembre de 2010

143. Ideales caídos.

Los ideales son componentes de una cultura y están en estrecha relación con la familia. El padre tendría la función de representar y transmitir los ideales de una sociedad a los miembros de su familia, de tal manera que éstos logran inscribirse como personas de bien en su comunidad. La unificación de las identificaciones a determinados ideales, se hace entonces alrededor de la figura paterna. Pero, ¿acaso los padres de hoy siguen sosteniendo esta función? Al parecer, la caída de los ideales que se observa hoy en día, es precisamente la caída de esa función que sostenía el padre en la familia, y que ahora no cumple más.

Los ideales tienen una función fundamental en la constitución psicológica de los sujetos; ellos han servido para orientar la existencia de un ser humano y su desenvolvimiento en la sociedad. El psiquismo de un sujeto se estructura a partir de «identificaciones» que tienen como referencia los ideales que hacen parte de su entorno cultural. Lo paradójico es que dichos ideales, a los que un sujeto se identifica, son los que desencadenan en él sufrimiento, en la medida en que dichos ideales entran en conflicto con sus impulsos sexuales y agresivos. Los síntomas psíquicos, inhibiciones y angustia son la forma como se manifiesta este conflicto en él.

Muchos de esos «síntomas», que son absolutamente contemporáneos, se han exacerbado en nuestra época: toxicomanías -drogadicción-, ataque de pánico -angustia grave-, depresión -cobardía moral-, estrés -que es el nombre «moderno» de la «neurosis»-, anorexia, bulimia, fenómenos psicosomáticos, transtornos obsesivo-compulsivos -neurosis obsesivas-, etc. La exacerbación de estos y otros síntomas tiene que ver justamente con esa caída de los ideales -lo que también se denomina «crisis de valores»-, con una característica particular: dichos síntomas suelen ser refractarios a cualquier tipo de intervención terapéutica, es decir, son muy difíciles de curar, como si el sufrimiento que ellos le acarrean al sujeto que los padece, fuese un sufrimiento «autístico», solitario, que rechaza la intervención de los demás.

lunes, 21 de junio de 2010

91. Culpa y responsabilidad.

Hay sujetos que sostienen una posición subjetiva en la vida que es la siguiente: se quejan de todo y por todo; además, la culpa de lo que les pasa es siempre de los demás: “yo soy así a causa de mis padres”, “la culpa es de tal hombre que no me deja en paz” o “de esa mujer que no me quiere”, etc. Se quejan y no asumen para nada una posición responsable respecto de lo que les sucede. Se esperaría que todo sujeto que padece un sufrimiento, antes que nada, piense si todo eso de lo que se queja, tiene algo que ver con su manera de ser, de pensar o de actuar.

La posición subjetiva “normal” de la mayoría de los seres humanos es más bien la de responsabilizar a otros por lo que les pasa a ellos, quejándose de los demás sin percibir la responsabilidad subjetiva personal en esa queja. Inclusive, sucede también que la persona culpa de su sufrimiento a su propio inconsciente -El inconsciente es un saber no sabido por el sujeto-, de tal manera que las personas dicen “me traicionó el subteniente”, cuando por ejemplo se equivocan al hablar o realizan un acto fallido accidental. Su posición se puede describir así: “¡Es mi inconsciente! Yo no soy responsable de nada...”. Por eso es importante transmitirle a todo sujeto, que él es el único responsable de todo lo que le pasa -con excepción de algunos accidentes-. Es decir, que -para decirlo dramáticamente-, la persona que habla, que se queja y que sufre, está siempre, desde esta perspectiva, en posición de acusada. Pero decir acusada, es decir también responsable; esto significa que ese sujeto está en capacidad de responder por lo que hace y lo que dice.

Hay sujetos que no se sienten implicados en el ámbito de su responsabilidad, que no responden por nada. Es la posición del canalla, el cual busca siempre una excusa para sus actos. Otros, en cambio, buscan siempre disculpar a otro de lo que hace, como es el caso de algunos padres con sus hijos.

Un sujeto que responda por lo que dice y hace, es la clase de sujeto que se espera en todo vínculo social, es decir, un sujeto no sólo responsable de su sufrimiento, sino también, y en última instancia, de su destino.

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...