En La interpretación de los sueños (Freud, 1979/1900, Amorrortu) puede observarse una serie de oscilaciones y vacilaciones en la posición teórica del autor, que van de un extremo al otro y se reflejan también en el tratamiento de la noción de interpretación onírica. Básicamente, Freud fluctúa entre la posibilidad de otorgarle una interpretación completa a los sueños y su imposibilidad; y vacila asimismo entre el desciframiento analítico del sueño como método de interpretación y la interpretación sustentada en un simbolismo onírico. Esta oscilación es a veces tan pronunciada a lo largo del libro que el lector no logra discernir cuál es la postura verdadera del autor. Su actitud es más bien la de un tenaz investigador que busca resolver el problema del sentido del sueño intentando conciliar las diversas elucidaciones que encuentra en su camino.
De todos modos, La interpretación de los sueños es un texto fundamental —un textus princeps— para el estudio de la interpretación freudiana, pese a las oscilaciones que encontramos en su autor. En lo esencial, puede decirse que la interpretación de un sueño —que Freud define como un trabajo— consiste en realizar la operación inversa al trabajo del sueño. Este último transforma los pensamientos oníricos latentes en el contenido manifiesto, valiéndose de la condensación, el desplazamiento y la figuración como mecanismos para disfrazar el deseo censurado que busca realizarse.
La interpretación del sueño tiene, entonces, como tarea fundamental hallar el sentido oculto y verdadero del sueño: parte del contenido manifiesto para llegar al contenido latente original. Mientras el sueño ha cifrado ciertos pensamientos, el trabajo de interpretación los descifra y les otorga un sentido cabal y completo, según afirma Freud. Dicho trabajo busca, en lo fundamental, cancelar el trabajo del sueño, que ha operado desfigurando el contenido original mediante la condensación, el desplazamiento y la transposición de pensamientos en imágenes visuales.
Freud parte de la idea de que todo sueño posee un sentido, por más absurdo o incoherente que parezca, y de que interpretar un sueño significa indicar su "sentido" —lo que puede escribirse como s(A)—, es decir, sustituirlo por algo que se inserte como eslabón de pleno derecho en el encadenamiento de nuestras acciones anímicas. Esto implica concebir el sueño como un acto anímico y no como un proceso somático. Para hallar dicho sentido, Freud elaboró un trabajo de interpretación basado en la técnica de la asociación libre. Antes de desarrollarlo, sin embargo, estudió los métodos empleados desde la antigüedad para la interpretación de los sueños, identificando fundamentalmente dos: la interpretación simbólica y el "método de descifrado".
La interpretación de los sueños no fue inventada por Freud; es una práctica que existe desde la antigüedad. En todos los tiempos, los no especialistas han supuesto que el sueño encierra un sentido oculto destinado a sustituir otro proceso de pensamiento; bastaría con develar acertadamente ese sustituto para acceder al significado latente. En ese mundo de intérpretes no especializados se han empleado dos métodos esencialmente distintos. El primero es la interpretación simbólica (p. 118), que toma en consideración la totalidad del contenido onírico e intenta reemplazarlo por otro contenido comprensible y análogo en algún aspecto. Freud advierte que este método fracasa ante los sueños confusos o incoherentes. El camino hacia la interpretación simbólica queda librado a la ocurrencia aguda, a la intuición directa y a la percepción de semejanzas por parte del intérprete; puede decirse que este se coloca en la posición del Otro con mayúscula: se identifica con él y con el saber que ese Otro contiene.
El segundo método, más difundido, puede definirse como "método de descifrado" (p. 119): trata el sueño como una especie de escritura cifrada en la que cada signo debe traducirse, mediante una clave fija, en otro de significado conocido. Es la interpretación propia de los "libros de sueños", donde cada elemento onírico tiene una traducción específica y el sentido del sueño queda en manos de la interpretación que el propio soñante otorgue a los elementos consignados en el libro.
El método de descifrado no se dirige a la totalidad del sueño, sino a cada uno de sus fragmentos por separado, como si el sueño fuera un conglomerado cuyos bloques constitutivos reclamasen, cada uno, una interpretación particular. De cierto modo, este método es una respuesta ante los sueños confusos y sin orden aparente. Freud señalará que, para el tratamiento científico del tema, ambos procedimientos populares resultan totalmente inservibles. El método simbólico, en su opinión, es de aplicación restringida y no puede generalizarse a todos los sueños; en cuanto al método de descifrado, todo dependería de la confiabilidad de la "clave" —el libro de sueños—, y sobre eso no existe garantía alguna, del mismo modo que tampoco la hay con el método simbólico. Freud lo advierte al señalar que, en la interpretación simbólica, la clave de la simbolización es escogida arbitrariamente por el intérprete (pp. 347-348). Con todo, Freud estaba convencido de que el sueño posee realmente un significado y de que es posible establecer un procedimiento científico para interpretarlo.
La técnica que Freud expone se aparta de la de los antiguos en un punto esencial: le otorga al propio soñante el trabajo de interpretación, invirtiendo así el modo clásico de proceder. No toma en cuenta lo que pueda ocurrírsele al intérprete —sus intuiciones o su saber constituido—, sino lo que al soñante se le ocurre en relación con cada elemento del sueño. Cabe señalar que en Oriente la interpretación del sueño también requería la cooperación del soñante, pero la explicación era realizada mediante una oposición a los elementos del contenido manifiesto, proceso en el que se introducía necesariamente la subjetividad del intérprete. En los libros orientales de sueños, la interpretación de los elementos oníricos se hacía, además, a través de la homofonía y la semejanza de palabras. Un ejemplo ilustrativo es el sueño de Alejandro de Macedonia: soñó con un sátiro, lo cual fue interpretado como presagio de la conquista segura de la ciudad de Tiro, puesto que la palabra sátiro puede leerse literalmente como "tuya es Tiro" (p. 121).
El procedimiento al que llega Freud para la interpretación de los sueños requiere, como primer paso, no tomar como objeto de atención el sueño en su totalidad, sino los fragmentos singulares de su contenido. Se presenta al paciente el sueño dividido en fragmentos, y para cada uno de ellos el paciente ofrece una serie de ocurrencias que pueden definirse como los "segundos pensamientos" de esa parte del sueño. Al proceder de esta manera, el método freudiano de interpretación se aleja de la interpretación simbólica popular y se aproxima al segundo método, el "de descifrado": como este último, se trata de una interpretación en detalle y no en conjunto.
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