jueves, 14 de agosto de 2014

405. El nudo borromeo en Freud y Lacan.

Lacan hace uso de la figura topológica del nudo borromeo para traducir la trilogía de sus registros, esos que componen la realidad psíquica de los seres humanos: lo simbólico, lo imaginario y lo real. Se podría decir que es una tercera tópica después de las dos que presenta Freud; la primera es: consciente, preconsciente e inconsciente; la segunda es: superyó, yo y ello. Freud no tenía de lo imaginario, de lo simbólico y de lo real la noción que Lacan tiene. Sin embargo, él extrajo las tres dimensiones del nudo borromeo del discurso freudiano, con tiempo y paciencia. Él ha comenzado por lo imaginario, a continuación ha masticado la historia de lo simbólico, con la referencia a la lingüística, y ha terminado por sacar ese famoso real bajo la forma misma del nudo. Freud no era lacaniano, pero nada impide suponerle las tres dimensiones del nudo borromeo; en él estas dimensiones están superpuestas una sobre la otra. De cierta manera Freud ha añadido un cuarto redondel, anudando con él los tres registros que se hayan confundidos en su teoría. Este cuarto registro Freud lo llamó «la realidad psíquica».

¿Qué es la realidad psíquica en Freud? Es el complejo de Edipo. El complejo de Edipo está implícito en el nudo y liga las tres instancias de lo simbólico, lo imaginario y lo real, pero las liga al mínimum, dice Lacan (1975). Anudar, es lo que hace lo esencial del complejo de Edipo, y es eso lo que hace posible que el analista haga su operación en el análisis.

Freud omite el anudamiento de lo imaginario, lo simbólico y lo real, pero es por su Nombre-del-Padre, idéntico a lo que él llamó la realidad psíquica, que Freud instaura el lazo de esos tres registros. El Nombre-del-Padre no es nada distinto que este nudo. El Nombre-del-Padre sirve para anudar estas tres consistencias que en un principio son independientes y heterogéneas entre sí. Es lo que ha hecho Freud; es porque lo imaginario, lo simbólico y lo real están todavía disociados en cada sujeto, que le es preciso para anudarlos el Nombre-del-Padre, lo que quiere decir el padre como nombre; y no solo el padre como nombre, sino el padre como nombrante, aquél que le transmite su nombre al sujeto.

En su seminario 22, R.S.I., Lacan (1975) da una definición de lo que es el nudo borromeo, en la sesión del 10 de diciembre de 1974. Dice allí Lacan: “El nudo borromeo consiste estrictamente en que tres es su mínimo. Si se desanudan dos anillos de una cadena, los otros permanecen anudados. En el nudo borromeo, si de tres rompen uno, se liberan los tres; es un hecho de consistencia. El nudo borromeo, el que sea, tiene como límite inferior el número 3. El nudo borromeo siempre llevará la marca de 3. ¿A qué registro pertenece el nudo borromeo? ¿A lo simbólico, a lo imaginario o a lo real? El nudo borromeo en tanto se soporta del número tres, es del registro de lo imaginario. Pues la tríada de lo real, lo simbólico y lo imaginario solo existe por la adición de lo imaginario como tercero. Y es por eso que el espacio en tanto que sensible se encuentra reducido a ese mínimo de tres dimensiones donde se enraíza lo imaginario. (...) Solo hay una manera de dar común medida a estos tres términos, real, simbólico e imaginario: anudarlos en el nudo borromeo.”

viernes, 1 de agosto de 2014

404. Sinthome.

Freud definió el síntoma de dos maneras: la primera es la del sentido, la cual muestra al síntoma como un mensaje cifrado, portador de un sentido, que puede ser develado, es decir, descifrado por la interpretación. La segunda manera de definir el síntoma es la del goce, con la que Freud especifica el síntoma como un modo de satisfacción, una extraña satisfacción, porque va más allá del placer; se trata de una satisfacción en el displacer.

La vía simbólica del síntoma es, entonces, la primera, en la que el síntoma involucra un sentido que ha sido reprimido, por lo que él se le presenta al sujeto como un enigma. Pero como el fantasma fundamental incide sobre el síntoma, como el fantasma y el síntoma se enlazan, el síntoma pasa a ser un efecto especial de significado del Otro; es decir, la pulsión y el inconsciente se conectan, produciéndose una articulación entre sentido y goce. Esta es la vía real del síntoma, en la que sentido y goce se enmarañan y pasan a ser identificados, en una nueva definición de Lacan (1974) de síntoma, como sentido–gozado. Esta definición del síntoma como sentido–gozado sólo se hace posible a partir de la introducción del nudo borromeo en el seminario 22, RSI. El síntoma pasa a ser pensado bajo este modelo como un anudamiento de lo real, lo simbólico y lo imaginario.

El cambio en la definición del síntoma a partir de R.S.I en Lacan (1974), se puede describir también como el cambio del síntoma como metáfora, al síntoma como función, es decir, como «sinthome», cuarto redondel del nudo borromeo. El síntoma como metáfora contenía en sí mismo la posibilidad de su curación. La metáfora, en efecto, así como se hizo también puede deshacerse. Pero a partir de RSI, hay un desplazamiento hacia lo real del concepto de síntoma, en el que Lacan pasa a definir el síntoma como «la manera en la que cada uno goza del inconsciente en tanto que el inconsciente lo determina», quedando así anudados, a partir de ahora, goce e inconsciente, y destacándose también, la función de goce del síntoma.

lunes, 21 de julio de 2014

403. Un hombre puede ser la devastación para una mujer.

¿Por qué un hombre puede ser la devastación para una mujer? Porque la mujer, que está del lado del no-todo -ella es No-Toda para su pareja, es decir, está en falta, se muestra en falta-, como ella se dirige en la relación de pareja por la demanda de amor, esta le retorna bajo la forma del estrago (Miller, 1998). "En función de la estructura del No-Todo, la pareja-síntoma de la mujer se torna la pareja-estrago" (p. 81).

Cuando una mujer está del lado del Todo, cuando lo es todo para un hombre, éste deja de desearla y de amarla, por esto las mujeres que lo entregan todo en sus relaciones de pareja, se quejan de que las dejan rápidamente o de lo malagradecido que ha sido el otro con ella. Esto sucede porque la condición para el deseo y para el amor es que la mujer no sea todo para el hombre, que ella se presente como siendo no-toda. La condición para el amor de un hombre por una mujer es que "la mujer en cuestión no sea toda para el sujeto" (Miller, 1989, p. 28); una de las maneras de ser no-toda es que pertenezca a otro hombre; por eso los hombres se fijan tanto en las mujeres ajenas, y más si ellas son mujeres no muy fieles, "fáciles". La mujer que pertenece al Otro -al marido, al novio- cumple con las dos condiciones del amor masculino: la del tercero perjudicado y la de ser una mujer "fácil", de mala reputación, siempre y cuando ella se presente como siendo no-toda para su marido.

"El estrago es la otra cara del amor, es el retorno de la demanda de amor" (Miller, 1998, p. 81). Esto quiere decir que el síntoma del estrago en la mujer está marcado por el infinito de la estructura del No-Todo, en la medida en que ella está de este lado, del lado del goce femenino, que es un goce Otro, un goce infinito, sin límites. El goce femenino es un goce Otro, que no se localiza fácilmente, que abarca otras zonas del cuerpo a parte del clítoris, un goce difícil de nombrar o inefable. El goce sexual está marcado por esta división entre goce fálico, del lado masculino, y goce Otro, del lado femenino. Este es el sentido de la formulación según la cual la mujer es no-toda en el goce fálico: su goce está esencialmente del lado del goce Otro, no se reduce, como en el hombre, al falo.

Así pues, el síntoma del lado femenino toma la forma del estrago. "La mujer es llevada a hacerse fetichizar en la relación de pareja, es llevada a sintomatizarse, se ve forzada a velarse, a enmascararse y a acentuar su semblante" (Miller, 1998, p. 84); en otras palabras, en la medida en que la mujer ocupa ese lugar de objeto de goce del hombre, ocupar el lugar de objeto de goce en el fantasma del hombre -lo que ella puede consentir fácilmente por amor-, esto producirá estragos en ella, es decir, puede llegar a ser devastada por el hombre. En efecto, esto es lo que sucede: él la devasta, abusa de ella, la maltrata, le pega, etc., en la medida en que ella se sitúa en ese lugar de fetiche en el fantasma del hombre. A esto se le denomina comúnmente «masoquismo femenino», el cual "no es más que una apariencia. Como se sabe, el secreto del masoquismo femenino es la erotomanía, porque no es que él le pegue lo que cuenta, es que ella sea su objeto, que ella sea su pareja síntoma, y tanto mejor si eso la devasta." (Miller). Esto es lo que explica por qué una mujer maltratada siga "amando" a su maltratador.

viernes, 11 de julio de 2014

402. La “masculinización” de la mujer en la contemporaneidad.

Las mujeres de hoy parecieran sólo pensar como sujetos de derecho, es decir, se ponen en una posición de simetría con la posición de los hombres (Dassen, 1998); es decir, se han dedicado a reivindicar su posición como sujetos que tienen los mismos derechos de los hombres, lo cual está muy bien, ya que ellas, a través de la historia, no han gozado de ello. Pero lo paradójico de esta situación es que "cuanto más la mujer existe desde el punto de vista del sujeto de derecho, tanto más desaparece bajo la máscara masculina" (Miller, 1998), por esta razón Miller inventa un neologismo que condensa "máscara" y "masculino": «la máscara-ulina de la mujer».

Es un hecho que en las últimas décadas han ocurrido toda una serie de mutaciones extraordinarias en la relación entre los sexos (Miller, 1998), a tal punto que ya, según el estándar que había hasta mediados del siglo pasado, ya no se le exige a la mujer que llegue virgen al matrimonio, cosa que no se le exigía al hombre; a este se le ha permitido ser un conquistador antes del matrimonio y se le ha tolerado que sea infiel a pesar de estar casado. "Hoy vivimos ya en otro mundo en el cual la virginidad femenina perdió valor, la infidelidad masculina, el machismo, es menos soportado por el Otro sexo que ahora se prepara para vengarse del hombre" (Miller, p. 82). Lo que hoy se le demanda a la pareja es una igualdad, en la medida en que tanto el hombre como la mujer son sujetos de derecho; el discurso jurídico se interpone, entonces, en la relación entre los sexos (Miller).

El discurso del derecho es un discurso Amo que impone una repartición del goce para todos los sujetos de derecho. Eso implica, para la mujer, "la adopción del modelo masculino pero bajo la forma del semblante" (Miller, 1998, p. 83), «la máscara-ulina de la mujer». Incluso, a raíz de esta nueva posición de las mujeres, a las que se las ve rivalizando en todo y por todo con el hombre, éste se ha ido convirtiendo en un pequeño objeto de goce, un pequeño objeto a al que ella le dice "eres apenas un medio de goce" (Miller).

Esta nueva relación que se da entre los sexos, pareciera ir con una cierta desvalorización del amor, "pero no es verdad, es puro teatro (...) las chicas están siempre ocupadas con el amor" (Miller, 1998, p. 83). Es verdad que las mujeres van hoy más fácilmente a la cama y, por lo tanto, las mujeres ya no llegan más vírgenes al matrimonio, pero si ellas van a la cama, lo hacen fundamentalmente por amor; no como los hombres, que sí separan la actividad sexual del amor porque ellos fetichizan a la mujer (Miller).

A esta mujer masculinizada, o mejor, «máscara-ulinizada», a raíz del discurso del derecho y de los derechos humanos, en el que todos los sujetos son iguales -lo cual a nivel jurídico está muy bien-, a esta mujer contemporánea Miller la invita a no perder su feminidad: "mujeres, obtengan sus derechos, pero no pierdan su encanto, el de ese rapto que las hace a ustedes mujeres y a nosotros hombres" (Dassen, 1998, p. 9). El psicoanálisis sabe que "no es posible por medio del derecho alcanzar la neutralización de la diferencia de los sexos" (Dassen).

martes, 1 de julio de 2014

401. Las mujeres son locas y los hombres son unos brutos.

Como la pareja del hombre -la cual hace síntoma en él- tiene la forma de fetiche (Miller, 1998), por esto Miller habla de "lo bruto de los hombres", ya que ellos "sólo se prestan a la condición fetiche del goce, ese goce localizado en el Otro, en una mujer, pero no se dejan tocar por la condición erotomaníaca, por lo ilimitado de la demanda de amor que hay en cada una" (Dassen, 1998). Si los hombres son brutos, es porque le imponen a la mujer la forma fetiche de sus fantasías, la mujer reducida -como lo decía un paciente- "a un culo o a unas tetas". El modo de gozar del hombre le exige a la mujer que "responda a un modelo y eso puede ir hasta la exigencia de un pequeño detalle, de un detalle pequeño a" (Miller). Esta "objetivación" de la mujer, hacer de ella un objeto de goce, ellas no lo soportan muy bien. ¿Por qué? Porque, así como el hombre está del lado del fetiche, la mujer está del lado de la erotomanía. "El modo de gozar de la mujer exige que su pareja le hable y le ame" (Miller, 1998). El amor de la mujer, y en general todo amor, está del lado del no-todo, del Otro en falta, por eso le demanda al hombre que le falte alguna cosa... ¡y que esa falta lo haga hablar!

Mientras el goce masculino puede sostenerse en silencio, el goce femenino está del lado de lo ilimitado; de ahí el papel central que tiene la demanda de amor en la sexualidad femenina (Miller, 1998). "La demanda de amor comporta en sí misma un carácter absoluto y una tendencia hacia el infinito (...), más allá de lo que pueda ofrecérsele como prueba" (Miller). De ahí que la mujer se la pase demandando dichas pruebas de amor -"¿Me quieres? ¿Sí me quieres? ¿Cuánto me quieres?, etc."-. Es la forma erotomaníaca del amor femenino, "la de que el otro la ame" (Miller). De ahí la recriminación que hace el hombre a la mujer: "eres una pesada", y la recriminación que le hace la mujer al hombre: "eres un monstruo", ya que él "puede gozar sin palabras y sin amor" (Miller).

Por su demanda permanente, infinita, de amor, las mujeres parecen locas. Si las mujeres son locas es porque ellas tienen como pareja al Otro en falta. Lo dijo Lacan pero se corrigió diciendo que ellas no están del todo locas (Miller, 1998); locas sí, pero no psicóticas. Entonces, las mujeres son locas y los hombres son unos brutos, "embrutecidos por el detalle de su fantasma" (Miller). Así pues, el problema para la mujer es cómo ponerlo a hablar, cómo forzarlo a hablar, "en lugar de mirar televisión, leer el diario o ir al partido de fútbol. Las más inteligentes van con ellos al fútbol" (Miller).

Si el hombre no quiere ser embrutecido por una mujer, deberá tener en cuenta, entonces, que para amarla le es preciso hablar, y que si quiere gozar de ella, es necesario que la ame (Miller, 1998). Miller establece entonces, para la mujer, dos axiomas: "Para amar es preciso hablar" y "para gozar es preciso amar".

martes, 17 de junio de 2014

400. ¿Qué hacer con una mujer?

El psicoanálisis plantea que hay un desencuentro del significante con el sexo, y este real está más allá del desciframiento del inconsciente. Lo que le va a permitir al sujeto acceder a este real que está más allá del desciframiento inconsciente es el síntoma. El síntoma, desde su vertiente real, es lo que le va a permitir al sujeto acceder a lo real, es decir, a la letra de goce que logra separarse del desciframiento del inconsciente.

Dassen (2000) subrayaba cómo en el inconsciente no hay un saber de los hombres sobre las mujeres y viceversa. Decir que no hay inscripción de la relación sexual en el inconsciente, es decir también que el goce del Otro, del Otro sexo, es siempre inadecuado: del lado del hombre se trata de un goce de carácter perverso, ya que reduce al Otro al objeto a, y del lado de la mujer se trata de un goce enigmático. Lo que ubica la posición masculina en la perversión, es el recorte que hace del cuerpo del Otro. El hombre ubica en el objeto a alguna condición de goce, que es lo que despierta eso fálico que hay en las mujeres. El falo es eso que sirve para velar la castración, y una mujer tiene que tener esa condición velada para desencadenar el deseo del hombre. Esta condición fetichista es la que hace que la mujer ocupe el lugar de objeto a en el fantasma. El hombre entonces piensa que va a tener una simple aventura amorosa que se sostiene de su condición de goce fetichista, pero se encuentra con algo que sí es un síntoma: una mujer para un hombre; es decir que se encuentra con un sujeto que le habla, que le pide cosas. Si una mujer se constituye en un síntoma para el hombre es porque se introduce en la relación la demanda de amor. Hay pues un desorden para el hombre y es lo que le implica una mujer. De cierta manera, dice Dassen, la mujer es un objeto con el que el hombre no sabe que hacer.

No saber que hacer con una mujer es una forma de expresar la fórmula de Lacan «una mujer es un síntoma para un hombre». Una forma de comprender esta formulación es a través del vínculo amoroso. Un hombre ama a una mujer en la medida en que puede insertar su modo de goce en dicho vínculo. A su vez, la mujer, con su demanda de amor, está, en cierta manera, diciéndole al hombre "haz de mí el síntoma que te permita anudar el goce al amor". La mujer pide al hombre que haga de ella, a la vez, el objeto gozado y la mujer amada.

jueves, 5 de junio de 2014

399. Repetición y tyché.

La referencia esencial de la repetición es la escritura, y esta es la razón para que se pueda vincular el síntoma a la modalidad de la necesidad. El síntoma es definido entonces por Lacan como «lo que no deja de escribirse», lo cual permite captar la dimensión de la repetición en él, y hace necesaria la referencia a la escritura. La repetición, al igual que el inconsciente, también nos presenta dos caras: una simbólica y otra que es real. La repetición como retorno de lo reprimido es la vertiente simbólica de la repetición, que se funda en el automatón del inconsciente, o en el inconsciente automatón. La repetición en su vertiente real no tiene que ver con esta repetición simbólica, sino con la tyché (Miller, 2002).

La tyché tiene que ver con lo real como encuentro, es decir, con el trauma, y lo traumático de un sujeto es siempre algo inasimilable: el goce sexual. Precisamente, la repetición no es otra cosa que la huida del sujeto de ese real sexual que es inasimilable. A medida que el sujeto se aproxima a lo real, la repetición es una huida a fin de no encontrar ese real. Por eso Miller (2002) corrige, si se puede decir así, la definición de Lacan de lo real como lo que vuelve siempre al mismo lugar, diciendo que “...lo real es lo que vuelve al mismo lugar donde el sujeto, en tanto piensa, no lo encuentra, lo evita: esta en el mismo lugar en tanto el sujeto lo evita.” (p. 55).

El tratamiento de lo real por lo simbólico se hace con la interpretación. Y la interpretación necesita, primero, que la transferencia ya esté instalada en el dispositivo, y segundo, que el inconsciente haya tenido tiempo para realizarse, es decir que el inconsciente no se realiza de un solo golpe. El inconsciente necesita de una regularidad –las sesiones mismas del análisis– para que ocurra lo que se llama el acontecimiento imprevisto. Un acontecimiento imprevisto es un acontecimiento que importa, que no se borra, que transforma lo real en un saber; es el acontecimiento mismo del inconsciente, y a esto hay que darle tiempo para escucharlo (Dassen, 2000). El ritmo mismo de las sesiones de análisis, se da a partir de las irrupciones del inconsciente, es decir, que ese inconsciente, a partir de las escansiones, se va convirtiendo en un saber, un saber que cifra un goce particular: la realización sexual.

Una sesión orientada por lo real hace que un analista dirija el tiempo de la sesión. Pero las sesiones cortas no funcionan si el analista no puede leer los efectos de sus actos; las sesiones cortas no son tampoco un estándar, ni un ideal. Las sesiones cortas, dice Dassen (2000), tienen una estructura homóloga a la del inconsciente. Hay sujetos que necesitan un tiempo fijo de la sesión, y otros que necesitan ser movilizados gracias a las sesiones de duración variable –p. ej. En el caso de un obsesivo homeostático: hay que interferir esa homeostasis, reventar el goce masturbatorio del obsesivo, citándolo con cierta variabilidad–.

583. El deseo del sujeto es el deseo del Otro

Para el psicoanálisis, el deseo profundo es una maquinaria mucho más compleja que la simple búsqueda de un objeto. En su Seminario 6: El des...