El aprendizaje de todo niño pasa por su vínculo con el Otro
significativo -la madre, los cuidadores, la profesora, etc.-, es decir,
que para que un niño aprenda cualquier cosa, eso va a tener que ver con
la necesidad que tenga ese gran Otro de que el niño hable (Arroyave,
2007), de que le demande, le pida cosas. Un niño no se pone a hablar
espontáneamente; tampoco se alimenta o camina de forma natural; ninguna
de estas cosas son naturales en los niños. Se necesita de Otro que desee
que el niño camine, hable, se alimente (Arroyave).
¿Cómo
aprende, entonces, un niño? Un niño aprende en la medida en que su
madre -ese Otro significativo- oscile entre hacer de su hijo el objeto
que la colma, o dejarlo y desear hacer otras cosas; que la madre oscile
entre si su hijo es su objeto maravilloso o que no lo sea tanto. El
niño, entonces, va a padecer esta oscilación, padece el tener que dejar
de ser ese objeto maravilloso para su madre. Esto es lo que le va a
permitir al niño correrse de ese lugar que lo dejaría identificado a ese
objeto maravilloso que completa a la madre (identificado al objeto de
deseo de la madre: el falo), y se mueva de ese lugar (Arroyave, 2007).
Se
necesita, entonces, de una madre que no sepa siempre todo sobre su
hijo. Cuando una madre lo sabe todo sobre su hijo, ¿qué va a querer
éste? ¿Qué va a querer aprender? El niño queda fijado a ser el objeto
que completa a su madre (él es el falo) y no va a desear nada más, y
esto es lo peor que le puede pasar a un niño. Por eso, lo primero que
aprende un niño es a jugar: juega a sustraerse del campo del Otro;
"juega a sustraer un objeto que él oculta del campo de la mirada (del
Otro), y este juego va a tener que ver con la presencia o la ausencia de
la madre; él la simboliza, la representa a través de esto y la elabora;
es la manera en la que él aborda la pérdida de objeto que es él mismo"
(Arroyave, 2007) -este es el famoso juego del fort-da que describe Freud
en Más allá del principio del placer (1920)-.
Este
juego del niño -a sustraerse del campo del Otro- va a estar facilitado
por la oscilación de la madre. Si el niño permanece en el lugar de
objeto para la madre, él no va a jugar, no va a hablar, no va a
aprender. Por eso, el juego del niño nos hace saber que él se está
constituyendo como sujeto, es decir, está dejando de ser objeto y está
pasando a ser un sujeto. Hay que preocuparse cuando un niño no juega, no
habla, no come, es decir, no aprende. Lo que le permite al niño
aprender es descubrir que ese Otro -que es su mamá o su cuidador-, no lo
sabe todo de él, no sabe qué le pasa, y esto al niño le hace bien,
porque así el niño tendrá que dirigirse a otros lugares a preguntar;
empezará a demandar y a preguntar sobre todas las cosas. "El preguntar
en un niño, es un signo de salud, porque sus primeras preguntas tienen
que ver con "lidiar con el deseo materno". Sus primeras preguntas van a
ser: ¿Qué quieres mamá? ¿Qué quieres de mí? ¿Qué soy para ti? ¿Qué
significo?" (Arroyave, 2007). Lo que le va a permitir al niño seguir
creciendo, aprender y andar por la vida, es que ese gran Otro no lo sepa
todo, y sobre todo, que no sepa todo sobre él.
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
martes, 10 de enero de 2012
martes, 3 de enero de 2012
328. ¿Desarrollo de la personalidad?
¿Qué es la personalidad? ¿Qué es la persona? La psicología define a la personalidad como un conjunto de características que definen a un sujeto, y abarca sus pensamientos, sentimientos, actitudes, hábitos y conductas que hacen de cada individuo diferente de los demás. La persona se puede pensar, entonces, como la "dueña" de determinada personalidad. La palabra «personalidad» viene del teatro griego antiguo, y significa «máscara». La personalidad es, pues, una especie de máscara que el sujeto se "pone" para desenvolverse en sociedad. Pero esa máscara no solo es una; son varias las máscaras que el sujeto utiliza, unas que son propias y otras que impone la sociedad; por eso el sujeto es "uno" con su familia y "otro" con sus amigos o su mujer. Igualmente hay que tener en cuenta el contexto: el sujeto se comporta de manera diferente en la universidad o el trabajo, que en un bar o un funeral.
Con respecto al desarrollo de la personalidad, la mayoría de las corrientes psicológicas, junto con el psicoanálisis, piensan que dicho desarrollo comienza desde la más temprana infancia. Freud hizo gran hincapié en la importancia de las experiencias tempranas y lo determinante de los vínculos afectivos del niño con sus cuidadores -lo que él denominó Complejo de Edipo-, a tal punto que él consideraba que ya a los seis años -resuelto el Edipo-, el niño ya tiene constituida su personalidad, y a partir de aquí, no hará más que desenvolverla, incluso, si quiere y puede, enriquecerla. Si bien Freud insinuó un desarrollo jerárquico de la personalidad -por etapas o fases-, Lacan rechaza dicho enfoque jerárquico; él se opone a cualquier meta final del desarrollo de la personalidad, incluso aquellas que tiene por nombre "trascendencia", "iluminación", "conciencia superior", "Uno con el todo". Esto no quiere decir que el desarrollo de la personalidad no continúe en la edad adulta, pero Lacan no se sentía para nada cómodo con la imposición de altos logros o metas a otras personas por parte de la sociedad -que es exactamente lo que ella hace: imponer una serie de ideales o patrones, a los cuales los sujetos se someten para poder "desarrollar" su personalidad: independencia, productividad, sociabilidad, asertividad, etc., etc.-.
Por el contrario, el psicoanálisis apunta a que el sujeto -que no es ni la persona psicológica ni el individuo- llegue a saber cuál es su deseo, qué desea verdaderamente, lo cual puede no coincidir con los ideales que la sociedad contemporánea propone. Quienes mejor nos ilustran sobre el verdadero deseo de un sujeto son los artistas y los científicos, quienes se dedican a desarrollar su arte o sus investigaciones -que es como decir, "desarrollar su personalidad"- a pesar de las imposiciones sociales o culturales. Además, a todo lo anterior sobre la personalidad de un sujeto, habría que sumar lo que el psicoanálisis considera su descubrimiento más importante, y es que los sujetos, muy a su pesar, continúan con su "mal comportamiento", es decir, que hay rasgos de su personalidad que no "encajan" con las demandas sociales ideales, es decir, que a pesar de ser "buenas personas", también son agresivos, o adictos, o perversos en su sexualidad, o mal intencionados, envidiosos, pecadores, glotones, peleadores, imprudentes, chismosos, perfeccionistas, orgullosos, malgeniados, etc. etc. Esta dimensión que también hace parte de la "personalidad" de todo sujeto y que lo lleva "ser" como no quisiera, no es otra que la dimensión pulsional del ser humano: "hay una cosa que se repite en su vida, y siempre es la misma -dice Lacan-, y esa es su verdadera escencia; y esa cosa que se repite, es una cierta manera de gozar".
Con respecto al desarrollo de la personalidad, la mayoría de las corrientes psicológicas, junto con el psicoanálisis, piensan que dicho desarrollo comienza desde la más temprana infancia. Freud hizo gran hincapié en la importancia de las experiencias tempranas y lo determinante de los vínculos afectivos del niño con sus cuidadores -lo que él denominó Complejo de Edipo-, a tal punto que él consideraba que ya a los seis años -resuelto el Edipo-, el niño ya tiene constituida su personalidad, y a partir de aquí, no hará más que desenvolverla, incluso, si quiere y puede, enriquecerla. Si bien Freud insinuó un desarrollo jerárquico de la personalidad -por etapas o fases-, Lacan rechaza dicho enfoque jerárquico; él se opone a cualquier meta final del desarrollo de la personalidad, incluso aquellas que tiene por nombre "trascendencia", "iluminación", "conciencia superior", "Uno con el todo". Esto no quiere decir que el desarrollo de la personalidad no continúe en la edad adulta, pero Lacan no se sentía para nada cómodo con la imposición de altos logros o metas a otras personas por parte de la sociedad -que es exactamente lo que ella hace: imponer una serie de ideales o patrones, a los cuales los sujetos se someten para poder "desarrollar" su personalidad: independencia, productividad, sociabilidad, asertividad, etc., etc.-.
Por el contrario, el psicoanálisis apunta a que el sujeto -que no es ni la persona psicológica ni el individuo- llegue a saber cuál es su deseo, qué desea verdaderamente, lo cual puede no coincidir con los ideales que la sociedad contemporánea propone. Quienes mejor nos ilustran sobre el verdadero deseo de un sujeto son los artistas y los científicos, quienes se dedican a desarrollar su arte o sus investigaciones -que es como decir, "desarrollar su personalidad"- a pesar de las imposiciones sociales o culturales. Además, a todo lo anterior sobre la personalidad de un sujeto, habría que sumar lo que el psicoanálisis considera su descubrimiento más importante, y es que los sujetos, muy a su pesar, continúan con su "mal comportamiento", es decir, que hay rasgos de su personalidad que no "encajan" con las demandas sociales ideales, es decir, que a pesar de ser "buenas personas", también son agresivos, o adictos, o perversos en su sexualidad, o mal intencionados, envidiosos, pecadores, glotones, peleadores, imprudentes, chismosos, perfeccionistas, orgullosos, malgeniados, etc. etc. Esta dimensión que también hace parte de la "personalidad" de todo sujeto y que lo lleva "ser" como no quisiera, no es otra que la dimensión pulsional del ser humano: "hay una cosa que se repite en su vida, y siempre es la misma -dice Lacan-, y esa es su verdadera escencia; y esa cosa que se repite, es una cierta manera de gozar".

miércoles, 21 de diciembre de 2011
327. Adolescencia, drogas y capitalismo.
¿Por qué los adolescentes consumen drogas? La respuesta a esta pregunta es compleja, como complejo es el ser humano. Son muchos los factores y causalidades a tener en cuenta para poder dar respuesta a ella, y por lo tanto, variadas también serán las perspectivas y soluciones a dicha pregunta. Lo primero que hay que decir es que no sólo el adolescente consume drogas; lo hacen también los adultos y otros tipos de poblaciones, pero lo que sí se puede asegurar, es que el adolescente hace parte de la población más vulnerable al problema del consumo de sustancias psicoactivas. Los hombres, en todos los momentos de su historia y en todas las culturas, se han entregado al consumo de sustancias psicoactivas, solo que ahora es un problema de enormes dimensiones y de carácter global gracias, precisamente, a la sociedad de consumo y las economías de mercado en las que vivimos. Así pues, los adolescentes son una población muy vulnerable al consumo, no solo de drogas, sino de todo lo que le ofrece el mercado.
El “adolescente” como concepto es algo más bien reciente, incluso hay quienes piensan que es un invento de la modernidad, un "funesto invento", según González (1999), que hizo su aparición precisamente con el surgimiento de la sociedad de consumo, la cual ya preveía la capacidad consumidora de este grupo. Es decir que el concepto nace a la par del surgimiento de consumismo, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, en la que el avance del desarrollo industrial capitalista hace posible el mercado de bienes y servicios, disponibles gracias a la producción masiva de los mismos. Y justamente, con la sociedad de consumo, es decir, con las economías de mercado y el capitalismo, surge también el problema de las adicciones a las drogas en la modernidad. Lo uno va de la mano de lo otro, o mejor, lo uno no es sin lo otro.
En la cultura occidental la población de jóvenes no era objeto de interés de ningún discurso humano. Si la adolescencia produce tratados desde hace sesenta años, es debido a la nueva organización social derivada del desarrollo industrial, el capitalismo y el impacto de los medios de comunicación, los cuales han centrado la atención sobre esta franja de edad que va entre los doce y veintiún años. Para el mercado el adolescente se ha vuelto objeto de particular interés; él es un consumidor en potencia que se puede manipular fácilmente con ayuda de la publicidad; ésta ha llegado al extremo de convertir la adolescencia en una “clase social”, con una “identidad”, unas costumbres, unos gustos y un “modo de ser” propios. De hecho, los mensajes publicitarios dirigidos a los adolescentes se apoyan precisamente en los aspectos críticos de este momento: la libertad y el amor, es decir, la autonomía y la sexualidad. A ello se suma la universalización de las costumbres y la caída de los valores que regían las generaciones pasadas; con este panorama los aspectos críticos de la adolescencia se han convertido en un problema que trasciende barreras sociales y culturales.

viernes, 16 de diciembre de 2011
326. ¡Todos adictos!
Hoy vivimos en una época en la que se puede decir que se consume de
todo, a tal punto que ya se habla de nuevas adicciones. Ya la adicción
al alcohol y las drogas parece vieja; hoy se habla de la adicción a las
nuevas tecnologías, al juego –ludopatía–, al sexo, al ejercicio
–vigorexia–, al trabajo, y en fin, casi que se podría ser adicto a
cualquier objeto o actividad que el mercado ofrece hoy en día o que la
contemporaneidad le demanda al sujeto. Incluso, es un hecho que en la
modernidad nos hemos hecho adictos a los objetos de la tecnología;
vivimos "pegados" o conectados a cuantos objetos nos ofrece el mercado:
computador, el celular, las consolas de juego, el GPS, los dispositivos
de audio y video –mp3, mp4–, las tabletas, etc., así como en su momento
nos volvimos adictos a la radio, la televisión, el reloj, el bíper, etc.
La vida de todos los sujetos está atravesada hoy en día por el empuje
al consumo de todo tipo de “gadgets”, convirtiendo al individuo en un
consumidor que a la vez es consumido por los objetos mismos. “El consumo
te consume”, dice un graffiti en una ciudad española.
Casi que lo que habría que preguntarse es: ¿por qué los seres humanos tendemos a ser adictos? Hoy en día casi que se podría plantear la adicción a un objeto o a una actividad como parte de las características de cada ser humano, por eso nos podemos preguntar por qué los seres humanos somos tan “adictivos”, cosa que no sucede con los animales. El acto de drogarse, entre otros, distingue al ser humano de los animales; es como si el hombre fuese por «naturaleza» un ser predispuesto a las adicciones. Algo tenemos los seres humanos, algo hace parte de nuestro ser, que nos hace sujetos proclives a la adicción. Y si a esto se le suman las demandas de la sociedad de consumo, casi que se podría decir: ¡Todos adictos! Como dice Laurent (2011), en la contemporaneidad hay una "relación adictiva que se tiene con los objetos de goce. Porque casi todo puede transformarse en un objeto de goce. (...) Puede volverse adictivo el shopping, el tabaco, la droga, el sexo, todo puede tomar el matiz de una invasión." ¿Cómo responde el psicoanálisis a este nuevo síntoma? El psicoanálisis le ayuda a cada sujeto a inventarse una solución a su medida para resistirse a la pulsión de muerte, resistirse a ese goce invasor; no sin olvidar que existe "el derecho de cada uno a dañarse un poco, no del todo, sólo un poco." (Laurent).
Casi que lo que habría que preguntarse es: ¿por qué los seres humanos tendemos a ser adictos? Hoy en día casi que se podría plantear la adicción a un objeto o a una actividad como parte de las características de cada ser humano, por eso nos podemos preguntar por qué los seres humanos somos tan “adictivos”, cosa que no sucede con los animales. El acto de drogarse, entre otros, distingue al ser humano de los animales; es como si el hombre fuese por «naturaleza» un ser predispuesto a las adicciones. Algo tenemos los seres humanos, algo hace parte de nuestro ser, que nos hace sujetos proclives a la adicción. Y si a esto se le suman las demandas de la sociedad de consumo, casi que se podría decir: ¡Todos adictos! Como dice Laurent (2011), en la contemporaneidad hay una "relación adictiva que se tiene con los objetos de goce. Porque casi todo puede transformarse en un objeto de goce. (...) Puede volverse adictivo el shopping, el tabaco, la droga, el sexo, todo puede tomar el matiz de una invasión." ¿Cómo responde el psicoanálisis a este nuevo síntoma? El psicoanálisis le ayuda a cada sujeto a inventarse una solución a su medida para resistirse a la pulsión de muerte, resistirse a ese goce invasor; no sin olvidar que existe "el derecho de cada uno a dañarse un poco, no del todo, sólo un poco." (Laurent).
viernes, 9 de diciembre de 2011
325. Las neurosis de «excepción».
En su texto Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo
psicoanalítico (1914-1916), Freud desarrolla uno de los rasgos de carácter que
con gran frecuencia se hallan, no solo en la clínica, sino en los vínculos con
otras personas. Se trata de las denominadas «neurosis de excepción». Se trata
de sujetos que se creen excepcionales, es decir, sujetos que piensan que tiene
derecho a una serie de beneficios o que se les excuse de hacer determinadas
tareas, o que no están dispuestos a someterse
a determinadas condiciones, normas o reglas, pues ellas son excepcionales;
incluso llegan a pensar que son personas protegidas por alguna Providencia
particular que vela por ellos.
Renunciar a una ganancia de placer fácil e inmediata, privarse por un
tiempo y esperar esa satisfacción posteriormente, es contar con el «principio
de realidad», "por el cual el hombre maduro se diferencia del niño" (Freud, 1978).
La satisfacción inmediata del placer puede traer consecuencias penosas para el
sujeto, incluso castigos por su trasgresión. Precisamente, este neurótico que
se piensa excepcional, es alguien que se revela contra la posibilidad de
sacrificarse antes que renuncia a alguna satisfacción placentera; se podría
decir que son sujetos que gustan de «hacer lo que les da la gana», sin medir las
consecuencias de sus actos, ya que están pensando solo en su propia
satisfacción.
Dice Freud en el texto citado, que es seguro que cada cual quiera
presentarse como alguien excepcional y reclamar privilegios sobre los demás.
Pero lo peculiar de este sujeto es que su neurosis se anuda a una vivencia o a
un sufrimiento que los ha afectado en la primera infancia, vivencia de la que
se sabía inocente y pudieron estimar como un “injusto perjuicio inferido a su
persona” (Freud, 1978). A partir de esa supuesta injusticia que les sucedió en
su infancia, estos neuróticos reclaman para sí toda una serie de privilegios. Freud
también sugiere que lo mismo sucede con la conducta de pueblos enteros que han
pasado por graves sufrimientos, como es el caso del pueblo israelita, que se atribuyen
el ser el pueblo elegido de Dios, y por tanto, se piensan excepcionales.
Por lo general, la vivencia o sufrimiento que se presenta en estos
neuróticos, y que es considerada como injusta, se relaciona con alguna deformidad,
enfermedad congénita o algún daño sufrido en la infancia; dicho daño los hacen
pensar que la vida les debe un resarcimiento que ellos se toman para sí, de
tal manera que creen tener derecho a ser excepcionales y a pasar por encima de
los reparos que detienen a otros (Freud, 1978). Dice Freud que en menor o mayor
medida todos hacemos ese tipo de exigencias, sobre todo cuando le hacen
afrentas a nuestro amor propio -narcisismo-. Incluso “la pretensión de las
mujeres a ciertas prerrogativas y dispensas de tantas coerciones de la vida
descansa en el mismo fundamento” (Freud), en la medida en que nacieron "castradas". Por eso se puede decir que todo
sujeto se piensa excepcional, como todos los demás.

martes, 29 de noviembre de 2011
324. La represión psíquica en las neurosis.
La represión es el mecanismo psíquico propio de la estructura neurótica, la cual abarca a la histeria y a la neurosis obsesiva. Represión e inconsciente son conceptos solidarios, que fundan la teoría psicoanalítica desde sus comienzos, ya que el inconsciente es efecto del mecanismo de la represión; los contenidos reprimidos por el sujeto adquieren la cualidad de "inconscientes", o en un sentido descriptivo o tópico, los contenidos reprimidos pasan a estar en la instancia del inconsciente. El inconsciente como instancia o sistema, hace parte de la primera formulación del aparato psíquico hecha por Freud -primera tópica-, junto a los sistemas conciente y preconciente.
La represión, tal y como la define Freud, es el esfuerzo de desalojo de la conciencia de representaciones que le producen al sujeto pena, dolor o vergüenza, es decir, displacer. Así pues, con la ayuda de la represión, el sujeto rechaza o mantiene en el inconsciente representaciones -pensamientos, ideas, imágenes, recuerdos- que le causan al sujeto algún malestar, en la medida en que entran en conflicto con las demandas de la cultura -limpieza, orden, exigencias morales y éticas-. La represión recae entonces, sobre contenidos sexuales y agresivos, que son justamente los dos impulsos que no tienen ningún tipo de autoregulación por parte del sujeto -cosa que no sucede con los animales, los cuales cuentan con el instinto, el cual regula dichos impulsos-.
La represión es una especie de censura psíquica, la misma que aparece en el inicio de los programas de televisión o de cine, y que dice más o menos así: "El siguiente programa contiene escenas de sexo y violencia. Se recomienda que los menores de edad estén acompañados de un adulto responsable". ¿Se han preguntado por qué esta censura recae sobre contenidos sexuales y agresivos? Porque, como ya se dijo, son los impulsos que en el ser humano no tienen ningún tipo de control interno. Por eso es que la represión apunta a mantener en el inconsciente todas las representaciones que están ligadas a las pulsiones sexuales, ya que si el sujeto las lleva acabo, se convertirían en fuente de displacer por entrar en conflicto con las demandas culturales.
El problema con el mecanismo de la represión que el sujeto utiliza para defenderse de las demandas pulsionales, es que ella siempre fracasa. Por eso se presenta lo que Freud denominó el «retorno de lo reprimido», es decir que lo que se reprime, retorna, vuelve, sale a la luz a pesar del sujeto. Dicho retorno es lo que da lugar a las denominadas «formaciones del inconsciente», las cuales no son otras que el olvido -de citas, de nombres de personas, de fechas importantes, de las llaves en la casa, etc.-, los sueños -de los cuales dice Freud que son la realización de deseos inconscientes reprimidos-, los actos fallidos -de los cuales el más conocido es el «lapsus linguae», ese error o tropiezo que comete el sujeto al hablar, leer o escribir, sustituyendo un nombre o palabra por otro-, los chistes -gracias a los cuales podemos hablar de asuntos sexuales y agresivos, burlando la censura psíquica- y los síntomas neuróticos, los cuales, en la neurosis histérica, se presentan en el cuerpo -afectando el funcionamiento de sus órganos-, y en la neurosis obsesiva, se presentan en el pensamiento -pensamientos obsesivos que mortifican al sujeto-. Gracias a que lo reprimido retorna, es que sabemos de la existencia del inconsciente.
La represión, tal y como la define Freud, es el esfuerzo de desalojo de la conciencia de representaciones que le producen al sujeto pena, dolor o vergüenza, es decir, displacer. Así pues, con la ayuda de la represión, el sujeto rechaza o mantiene en el inconsciente representaciones -pensamientos, ideas, imágenes, recuerdos- que le causan al sujeto algún malestar, en la medida en que entran en conflicto con las demandas de la cultura -limpieza, orden, exigencias morales y éticas-. La represión recae entonces, sobre contenidos sexuales y agresivos, que son justamente los dos impulsos que no tienen ningún tipo de autoregulación por parte del sujeto -cosa que no sucede con los animales, los cuales cuentan con el instinto, el cual regula dichos impulsos-.
La represión es una especie de censura psíquica, la misma que aparece en el inicio de los programas de televisión o de cine, y que dice más o menos así: "El siguiente programa contiene escenas de sexo y violencia. Se recomienda que los menores de edad estén acompañados de un adulto responsable". ¿Se han preguntado por qué esta censura recae sobre contenidos sexuales y agresivos? Porque, como ya se dijo, son los impulsos que en el ser humano no tienen ningún tipo de control interno. Por eso es que la represión apunta a mantener en el inconsciente todas las representaciones que están ligadas a las pulsiones sexuales, ya que si el sujeto las lleva acabo, se convertirían en fuente de displacer por entrar en conflicto con las demandas culturales.
El problema con el mecanismo de la represión que el sujeto utiliza para defenderse de las demandas pulsionales, es que ella siempre fracasa. Por eso se presenta lo que Freud denominó el «retorno de lo reprimido», es decir que lo que se reprime, retorna, vuelve, sale a la luz a pesar del sujeto. Dicho retorno es lo que da lugar a las denominadas «formaciones del inconsciente», las cuales no son otras que el olvido -de citas, de nombres de personas, de fechas importantes, de las llaves en la casa, etc.-, los sueños -de los cuales dice Freud que son la realización de deseos inconscientes reprimidos-, los actos fallidos -de los cuales el más conocido es el «lapsus linguae», ese error o tropiezo que comete el sujeto al hablar, leer o escribir, sustituyendo un nombre o palabra por otro-, los chistes -gracias a los cuales podemos hablar de asuntos sexuales y agresivos, burlando la censura psíquica- y los síntomas neuróticos, los cuales, en la neurosis histérica, se presentan en el cuerpo -afectando el funcionamiento de sus órganos-, y en la neurosis obsesiva, se presentan en el pensamiento -pensamientos obsesivos que mortifican al sujeto-. Gracias a que lo reprimido retorna, es que sabemos de la existencia del inconsciente.
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viernes, 25 de noviembre de 2011
323. La renegación de la castración en la perversión.
Dice Lacan en su texto De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis (1975), que todo el problema de las perversiones consiste en concebir cómo un niño, en su relación con su madre, se identifica con el objeto imaginario de este deseo, en tanto que ella lo simboliza en el falo. En efecto, ya se trate de una estructura perversa -o de un rasgo de perversión en un sujeto neurótico-, siempre está en juego este primer tiempo del Edipo, en el que el niño se identifica con el objeto de deseo de la madre, es decir, el falo -él es el falo-, y la madre, por tener el objeto de su deseo -el falo-, es una madre fálica.
El paradigma de la perversión es el fetichismo, ya que es la perversión
en la que se ve más claramente el mecanismo de la renegación, mecanismo
psíquico que produce la estructura perversa; la tesis de Freud en su texto Fetichismo
(1927) es que el objeto fetiche es el sustituto del pene de la madre, es decir
que el fetiche está en el lugar del falo. El sujeto perverso reniega de la
castración materna y se hace a un objeto fetiche para protegerse de la angustia
que le produce la castración de la madre. El propósito del fetiche es, entonces,
permitir la renegación de la castración; como sustituto del pene materno le
permite seguir creyendo al sujeto que éste existe (Bleichmar, 1980), que a la
madre no le falta nada. El objeto fetiche se constituye en el niño en el instante
en que, espiando o mirando a su madre, en el momento en que ella se viste, se
desviste o se baña, “se «cristaliza» el último momento en que la mujer podía
ser considerada como fálica” (Bleichmar, 1980, p. 96); en ese momento se elige como fetiche
el pie, la ropa interior, el vello púbico, un lunar, una parte del cuerpo o de
la ropa de la mujer; se trata de una contingencia en el momento en el que el
niño vive su complejo de castración..
Cuando el niño se enfrenta a la diferencia sexual -complejo de
castración- y descubre que a las niñas les falta eso que él si tiene -el falo-,
dice Freud que se produce en el niño varón una «angustia de castración»; él,
entonces, se protege de la amenaza de la castración repudiando, desmintiendo,
renegando de la ausencia de pene en la niña, en la mujer, pero sobretodo, en la
madre. Para el niño todas las mujeres están castradas, excepto su madre; ella
está completa, no le falta nada. Por eso la renegación de la castración se pone
en juego, sobre todo, al lado de una madre que se presenta así a su hijo: como completa,
fálica. En la estructura perversa -la cual es fundamentalmente masculina, ya
que el que padece de una angustia de castración es el niño; es él el que
posee el falo, y por lo tanto, el que teme perderlo-, en la perversión, decía, siempre
se encontrará al falo -al falo imaginario- cerca del sujeto, al "alcance de la
mano", cumpliendo la función de protegerlo de la angustia de castración.
Se reniega, entonces, de la ausencia de pene en la mujer; el niño, al
percibir la diferencia sexual, teme perder lo que tiene -angustia
de castración-. El perverso es un sujeto que sabe de la castración, pero
procede a sustituir la falta de pene por su presencia -como en el caso del
fetichismo-, renegando de aquella; el perverso, entonces, afirmará que la mujer
tiene pene. Se rechaza una realidad -la ausencia de pene- a través de la
afirmación de la opuesta -“la mujer no está castrada”-; por eso la renegación
de la castración en la perversión es una especie de “si, pero no”: “si, la
mujer está castrada, pero no, no lo está para nada”; así pues, como bien lo
indica Freud, la renegación es el rechazo del reconocimiento de la falta de
pene en la mujer.
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