Se desean objetos, personas o metas, pero Lacan (2014) revela, en el Seminario V, Las formaciones del inconsciente (1957-1958), que lo que realmente se desea son escenarios. Para protegerse del desamparo ante el deseo del Otro, el sujeto construye un «fantasma fundamental», simbolizado por la fórmula ($ ◊ a).
Aquí, la $ (S barrada) representa al sujeto dividido, capturado y fragmentado por el lenguaje, y el objeto a encarna la forma en que un sujeto se la pasará, en el transcurso de su vida, tratando de recuperar el goce que se pierde por su ingreso en lo simbólico. Allí donde se halla una repetición —algo que insiste en la vida de un sujeto, algo que no puede dejar de hacer (fumar, beber, pelear, comer en exceso, etc.)— hay en juego un objeto: uno del que puede decirse que encarna la dimensión del goce del sujeto. Esto significa que en ese objeto se condensa dicho goce; por eso la escritura del fantasma fundamental es $ ◊ a. El fantasma es el marco o la «ventana» que le da al deseo su nivel de acomodación. No se desea la realidad del objeto, sino el lugar que este ocupa en la escena interna del sujeto. Por eso, decirle a alguien «te deseo» es, en rigor, una confesión de vulnerabilidad: significa «te estoy implicando en el escenario secreto de mi fantasma, el único lugar en el que mi deseo encuentra una fijación».
¿Cómo se filtra el deseo en la vida social sin destruir la convivencia? A través del chiste (Witz) y la metáfora. El chiste permite nombrar lo prohibido (la agresividad, el deseo de muerte, el deseo sexual) bajo una apariencia de calma, y la metáfora hace aparecer por un instante el falo, ese significante que siempre falta en la cadena y que representa la relación con la castración. El deseo más profundo siempre se esconde en lo que el sujeto no dice directamente; surge allí donde el lenguaje se quiebra y la verdad «diabólica» del sujeto se asoma.
Entender el deseo, según Lacan (2014), no es un consuelo intelectual, sino una invitación a una nueva ética. El deseo es la metonimia del ser del sujeto: un motor que se desplaza constantemente de un significante a otro, y que asegura que nunca se llegue al objeto definitivo, porque ese objeto no existe.
Reconocer el inconsciente es el único camino para dejar de ser un «necio» que obedece mandatos ajenos (Lacan, 2014). Si el deseo se formó en el lenguaje del Otro y se sostiene en el escenario del fantasma, la pregunta final para el sujeto moderno es: «Si tu deseo no es tuyo, sino un eco del lenguaje del Otro, ¿quién eres tú cuando dejas de pedir lo que crees que necesitas?»
No hay comentarios:
Publicar un comentario